lunes, 29 de octubre de 2012

Meditación

He meditado por los contornos de la calma
con la vigilia transpuesta en los empeños,
más allá de los confinados pensamientos
que la sabiduría protege en sus adentros.

Hace un tiempo abrigaba la esperanza, atravesando
los reinos celestiales y cautivos del intelecto;
la lluvia inundando el azote de la aridez profana
y los desiertos sembrados de arenisca refinada.

Yo no sé si esta devoción mía de atemperar 
los azotes tormentosos, espesarán las sombras
en las noches, aquellas madrugadas donde nos amamos 
con el silencio disipado en la mirada y el deseo desprendido
en las escabrosas confidencias de nuestros secretos.

El caso es que germina del limo la esencia de nuestros besos,
como el brotar de una flor lóbrega que, protege los recuerdos entre espinas, 
adheridas al mismo cielo que expulsa soles y tormentas consentidas.

En un mundo tras otro, los últimos desvelos florecen alboradas,
y aunque no hemos descubierto el motivo que nos lleva a amarnos,
presiento que mi mazmorra guarda la humedad de tus lágrimas.

¿Qué importa esta tristeza que avanza tragándose nuestro silencio?

¿Qué necedad olvidarse del testamento de nuestras promesas?

Hoy he prestado mi olvido a los espejos
en las mareas desatadas de mi excitación
y la melodía susurrante de las entrañas
ha encendido de nuevo... la hoguera de mi pasión. 

¿Qué importa fenecer sangrando sometidas penas?

¡Qué poco conozco de este universo, que deja prendidos
los recuerdos, en la inexperiencia de los sentimientos!


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